Home / Estilo de Vida / El lado oscuro de Travis Kalanick, el fundador de Uber

El lado oscuro de Travis Kalanick, el fundador de Uber

Es domingo 5 de febrero por la noche. El día de la Super Bowl, la final de la liga de fútbol americano en EEUU. Algo así como una fiesta nacional en ese país. Y ahí está Travis Kalanick, de 41 años y 6.300 millones de dólares (5.900 millones de euros) de fortuna, de marcha por San Francisco con dos amigas a las que está vacilando inconmesurablemente.

Kalanick es el rey del mambo. En el coche y, sobre todo, fuera de él. Porque él es el fundador y consejero delegado de Uber, la empresa que ha revolucionado el transporte urbano en todo el mundo. Siete años y 11 meses después de que Kalanick la fundara, Uber vale 69.000 millones de dólares (casi 65.000 millones de euros) y opera en 581 ciudades de 81 países del mundo. Y está, obviamente, viajando en un uber.

Así que, cuando una de las chicas le dice, «estáis teniendo un año duro, ¿no?», él puede explicarle que si es duro es porque él quiere. «Yo me encargo de que cada año sea duro. Así es como funciono. Si es fácil, no me esfuerzo lo suficiente». A fin de cuentas, ¿qué otro empresario en el mundo ha logrado los elogios de Antonio Banderas y Donald Trump? Lo único que Uber no logra, ni a tiros, es ganar dinero. El año pasado perdió más de 3.000 millones dólares (2.800 millones de euros).

Hasta que, al salir del coche, el conductor se queja a Kalanick de que Uber está tirando por los suelos las tarifas y, con ellas, lo que se llevan los conductores, y que, además, está obligándoles a comprar los coches que la empresa quiere. Ahí, Kalanick deja de ser cool para pasar a ser un jefe de la más rancia escuela. «¡Gilipolleces!», salta, antes de despedirse con un soberbio: «¿Sabe lo que sucede? Que hay gente que no sabe asumir la responsabilidad de lo que le pasa, y le echa la culpa a los demás. ¡Buena suerte!».

Lo que desconoce Kalanick es que el conductor, Fawzi Kamel, está grabando la conversación con una cámara junto al retrovisor, y que la va a ceder a la agencia de noticias Bloomberg.

Así que el 28 de febrero Kalanick tiene que pedir perdón públicamente. «Decir que estoy avergonzado es infravalorar cómo me siento», declara el empresario en un comunicado, y añade: «Tengo que crecer».

Es la humillación definitiva en una época muy dura para Uber y para Kalanick, por más que él venda a sus amigas que no es así. En diciembre, su modelo de negocio, consistente en actuar primero y en pedir permiso después, sufrió una derrota inesperada en San Francisco, cuando las autoridades le obligaron a cancelar el uso de coches autónomos, es decir, sin conductor, porque, precisamente, no había pedido autorización.

Paros en Nueva York

El 28 de enero, los taxistas de Nueva York, la mayoría inmigrantes, llevaron a cabo una huelga de carreras al aeropuerto internacional JFK como protesta por la controvertida Orden Ejecutiva de Donald Trump de prohibir la entrada en EEUU a personas de siete países de amplia población musulmana. Tanto Uber como Lyft, su principal rival, mantuvieron sus servicios al aeropuerto, pero, la mañana siguiente, la segunda declaró públicamente su oposición a la orden y realizó una donación de un millón de dólares (casi un millón de euros) a la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, según sus siglas en inglés), un grupo de izquierdas opuesto a Trump.

Uber no hizo nada. Y el hashtag #DeleteUber (#BorraUber) se extendió por EEUU. Como consecuencia, perdió 200.000 clientes en tres días. Es una cifra que, en realidad, no llega al 2% de su base de clientes, pero que refleja el deterioro de su imagen corporativa tanto entre los usuarios como entre conductores, muchos de los cuales son también inmigrantes. El 2 de febrero, Kalanick dimitía de su cargo en el consejo consultivo de asesores empresariales de Trump para tratar de calmar la tormenta.

Pero lo peor estaba por llegar. El 19 de febrero, la ingeniera Susan J. Flower, colgaba en su blog personal la entrada Un año muy, muy extraño en Uber. En ella detallaba cómo, tras presentar pantallazos al área de Recursos Humanos de la empresa en los que se leía que su jefe le proponía, en su primer día de trabajo, tener relaciones sexuales con él, éstos le habían dicho que no era la primera vez que eso pasaba, pero que, dado que el superior «era una persona de alto rendimiento (es decir, que recibe excelentes calificaciones de sus mandos) no se sentirían a gusto sancionándole».

Fue la primera señal de una cascada de alegaciones contra Uber por acoso sexual, que han culminado con el despido de su ingeniero-jefe y con la empresa contratando al ex fiscal general con Obama, Eric Holder, para que investigue la crisis. Justo después, Google denunciaba a Uber por plagio de su tecnología en coches autónomos.

Kalanick ha sido una especie de Mark Zuckerberg (Facebook) o Steve Jobs (Apple). Un chico malo, gamberro y golfo. Él mismo ha explotado esa imagen, como cuando se refirió a su empresa como Boob-er (un juego de palabras poco sutil si se tiene en cuenta que la traducción más exacta de boob es teta) para referirse a cómo su actividad amatoria había aumentado con el éxito empresarial. El problema es que Uber se ha hecho demasiado grande y famosa como para mantener ese comportamiento. Y, encima, no lo olvidemos, al contrario que Facebook y Apple, Uber pierde miles de millones todos los años.

Check Also

Keysi Sayago desmintió rumores de su participación en el Miss Universo

Desde hace unos días se ha especulado la participación de quien ostenta la corona universal ...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *